domingo, 10 de mayo de 2015

Carta al cielo.

Te escribo a ti. Al que no pudo aprender a bailar bajo la lluvia y ha tirado las botas de agua para siempre.
Espero que esta carta no te pille por sorpresa y aún sepas leerme allá donde estés, porque la vida se me va en cada letra que tecleo.
Nadie me creyó nunca cuando te di por muerto. Todos me miraban con pena mientras que en sus pupilas brillaba el deseo de que no fantasease tanto. Creían que se me pasaría, y que te encontraría de nuevo. Pero no es verdad.
En esos momentos sus palabras me servían de apoyo. Me entestaba en creer que era cierto y que no habías perecido bajo tanta tormenta.
Llegó un punto en que fue inútil, la gente se dio por vencida, y yo supe que en realidad sí que habías muerto, dejando una estela de alivio y de inseguridad, de dolor.
No sabía que dolieses tanto. Aunque la verdad es que me gustaba sentirte, a pesar de que la forma no fuese la más dulce de todas. Era una señal de que habías existido.
Fue duro, aun es duro, pero intento pasar página. Sé que me querías, tal vez no tanto como yo a ti, pero lo hacías, y lo dejabas claro en cada sonrisa, en cada mirada, en cada beso.
Siento no poder tenerte cerca y ayudarte a ser quien eras. Me gustaría verte vivir de nuevo, una vez más, aunque no pudiese tocarte, ni besarte, pero me gustaría ver que no estoy loca, y que tantas noches pensando en ti eras tú, y no la persona en la que te has convertido.
Quiero creer que todavía existes en alguna parte, bajo tanta condescendencia y mezquindad. Lo sé, sé que estás ahí, y que una parte de ti todavía intenta ponerse las botas de agua de nuevo. Esa parte de la que me enamoré.

Te quiero, a ti, al que vive preso dentro de un cuerpo que ya no es el suyo.